Si, como decía Cecil B. De Mille, toda película tiene que empezar con un terremoto y a partir de ahí subir en intensidad hasta el climax final, “Uno de losnuestros”, elegida por los votantes de @las5peliculas como la mejor producción estrenada en el año 1990, es un claro ejemplo de la aplicación práctica de esta máxima cinematográfica.
En efecto, el film de Scorsese “arranca” con una escena impactante, en la que nos presenta al trío protagonista, definiendo sus personajes con apenas unas frases, pero con actos más que contundentes. Y para que esta escena perdure en nuestra memoria qué mejor que una frase mítica, que termina de poner una sonrisa en el espectador y le predispone para lo que va a ver a continuación: “Que yo recuerde desde que tuve uso de razón, quise ser un gángster”.
Sin bajarse de esa “montaña rusa” de acción y violencia, Martin Scorsese nos regala una película en la que se alternan los momentos de narración clásica con un tono ligero cercano a la comedia, como son la mayor parte de los que transcurren durante los años de juventud del protagonista en los que comienza a trabajar para la mafia, con aquellos otros en los que, a raíz de su madurez como criminal merced a la estancia en prisión, la historia adopta un ritmo más frenético, y los acontecimientos se precipitan en la vida de Henry Hill (Ray Liotta).La sensación de que ha perdido el control de su vida y del vértigo que le acompaña en su descenso a los infiernos tiene su origen y su razón de ser no sólo en la dirección de Scorsese, sino también en la gran labor de su montadora habitual, Thelma Schoonmaker, que, como ya hiciera en “Toro salvaje”, juega con la longitud de los planos, y con la velocidad de proyección de los fotogramas, ralentizando determinadas imágenes o incluso congelándolas.
Esa habilidad tras la cámara del director italoamericano tiene una de sus máximas expresiones en el largo travelling que acompaña a Henry y su novia (Lorraine Bracco) por todos los pasillos y recovecos, desde su entrada por la puerta trasera al restaurante Copacabana hasta que alcanzan la mesa. El propósito evidente de Scorsese es que el espectador comparta el asombro y admiración de la joven al ver cómo todas las personas que encuentran en su camino conocen y respetan a su acompañante. Este travelling cámara en mano tiene un precedente en la película cuando el personaje interpretado por Ray Liotta entra en un antro, el Hawaii Kai, y nos va presentando a todos los gángsters y mafiosos con los que se relacionaba y que constituían su auténtica familia.
En realidad, la fascinación que siente Henry Hill por la Mafia la comparte, en menor medida, Martin Scorsese. Esa secreta atracción por la vida que llevan estos delincuentes está presente en gran parte de la obra de director, aunque filtrada por el tamiz de la culpa y el castigo que llevan aparejada sus actos delictivos. La diferencia con otras películas de temática semejante estriba en que en “Uno de los nuestros” podemos asistir a la ceremonia de lo cotidiano, de lo rutinario, de la vida en familia de los mafiosos, adelantando un aspecto que luego potenciará una serie como “Los Soprano”.
En este sentido se puede ver la película de Scorsese como puente entre la trilogía de Coppola y la famosa serie de televisión, porque, aun conservando parte de esa aura mítica que envuelve al crimen organizado procedente del cine clásico de gángsters de los años 30 (“Scarface", “El enemigo público””, “El pequeño César”, etc) y que “El Padrino” popularizó, muestra una galería de personajes que harían las delicias de cualquier estudioso de la psiquiatría forense, pero sin perder su condición de seres humanos, de carne y hueso, que incluso podrían ser nuestros vecinos.
Scorsese dibuja personajes reales que den sentido a una historia basada en hechos reales. De hecho, el guión que el propio director y Nicholas Pileggi escribieron a partir de la novela de este último, cuenta en tono autobiográfico el relato que de su vida le hizo el auténtico Henry Hill, amparado por el programa de protección de testigos del FBI hasta que, a raíz de la popularidad que le otorgó la película, quiso saborear las luces y la fama e hizo apariciones públicas en la televisión que le supusieron la expulsión del programa de protección.Pequeñas anécdotas ilustran la obsesión del director por aportar un toque realista a su película, como la contratación de verdaderos hampones y pequeños mafiosos como extras y figurantes que aparecían en las escenas de bares y tugurios frecuentados por los personajes de la historia. Curiosamente, fueron contratados con nombres falsos, por lo que los salarios percibidos pasaron a formar parte de la economía sumergida y nunca se conocerá su importe. O la aparición de la madre del propio Scorsese dando vida a la del personaje interpretado por JoePesci (Oscar al Mejor Actor Secundario) en la escena en la que el trío protagonista va a buscar unas palas a su casa para enterrar un cadáver y acaban cenando con la venerable ancianita. El propio Pesci improvisó en otro momento de la película el diálogo en el que le increpa a Ray Liotta (“¿Crees que soy gracioso?”) basándose en una escena que vivió el mismo con un gángster auténtico en un restaurante.
El terceto de actores protagonistas se completa con un Robert de Niro en su sexta colaboración con Scorsese (aunque no fuera su primera elección) que “bordó” su personaje, alejándolo de clichés y estereotipos, hasta el punto que llegas distinguir en él a un mafioso irlandés, no italiano. En su concienzuda labor de preparación del personaje De Niro llegó a llamar hasta ocho veces al día al auténtico Henry Hill con el objeto de que éste le describiese hasta el más mínimo gesto del Jimmy Conway real.
En definitiva “Uno de los nuestros” es, en esencia, la obra de madurez de un director en la que se percibe su mirada nostálgica y sentimental por el barrio de Nueva York que le vió crecer: sus calles, sus gentes, sus sonidos, su música, etc. Y todo ello a través del ojo cinematográfico que se educó con los grandes clásicos del cine norteamericano.

















