lunes, agosto 17, 2026

M, el vampiro de Düsseldorf









La primera película sonora de Fritz Lang, “M, el vampiro de Düsseldorf” de 1931, era la favorita del director austríaco. Quizás este favoritismo esté impregnado de cierta nostalgia puesto que se trata de una de las últimas obras del cineasta de su primera etapa alemana, unos años en los que conoció el éxito de crítica y público y alcanzó su madurez creativa. Dos años después del estreno de la película tendría que huir de la Alemania nazi por su condición de judío, y en su fuga se dejaría a su propia mujer Thea von Harbou, coguionista de “M, el vampiro de Düsseldorf”, que “abrazó” sin rubor la causa de Hitler.
En cualquier caso, y dejando al margen circunstancias personales, se trata probablemente de una de las películas clave para entender gran parte del cine que se hizo durante los años 30 y 40, a pesar de que se trata de una obra que en algunos momentos parece que transite en un terreno indefinido entre el cine mudo y el sonoro. Esta indeterminación, que es también apreciable en otros filmes de la época, reviste a la película de una atmósfera ambigua e inquietante, muy a tono con la historia que cuenta. El asesino en serie que aterrorizó a Alemania durante los años veinte despertó el interés de Fritz Lang y le llevó a escribir el guión de una película, en la que, combinando la técnica del documental con elementos narrativos propios del cine de ficción, se describen los actos criminales del asesino de niños Hans Beckert, magistralmente interpretado por Peter Lorre, así como las actuaciones de la policía y del propio crimen organizado tendentes a su captura.
Uno de los aspectos más comentados de la película, la utilización del montaje en paralelo, es adaptado por Lang en función de las circunstancias de la trama que está contando y de las sensaciones que desea transmitir. Así por ejemplo, cuando la acción se centra en uno de los asesinatos, ese montaje alterna planos de la madre buscando a su hija, con otros en los que, sin ver prácticamente al asesino, se intuyen los pasos de éste para cerrar la trampa en torno a su víctima. En este caso los planos se mantienen, y su estudiada duración provoca la angustia del espectador. Sin embargo, en las escenas en las que asistimos a las reuniones de los mandos policiales por un lado, y de los delincuentes organizados, por el otro, Lang utiliza planos muy rápidos y cortos con el objeto de confundirnos, que no distingamos entre representantes de la ley y criminales, llegando a incluso a la identificación de ambos estamentos. Cada bando utiliza las herramientas y recursos que tienen a su alcance para perseguir al asesino, mostrándose más efectivo el sindicato del crimen que el aparato burocrático de la Policía. En cualquier caso, no estamos ante una reivindicación de los métodos extrapoliciales, porque, aunque la búsqueda de este peligroso psicópata emprendida por el mundo de los bajos fondos tiene un propósito aparentemente loable, su objetivo final, que la marcha de sus "negocios" no se vea asociada a un asesino de niños, no lo es tanto.

El juicio al personaje interpretado por Peter Lorre en la parte final de la película a cargo de un grupo de ciudadanos exaltados y más propensos al linchamiento que a impartir justicia, permite a Fritz Lang terminar la disertación sobre la manipulación de las masas y arrojar una sombra de duda sobre la capacidad de raciocinio y el sentido de la justicia de aquéllas. 
Por otra parte, en “M, el vampiro de Düsseldorf” podemos apreciar alguna de las constantes formales y temáticas del cine de Lang. Entre las primeras, la utilización de espejos y otras superficies como escaparates (inolvidable la escena de “La mujer del cuadro” con Edward G. Robinson y Joan Bennett)  y ventanas que, con sus reflejos, nos dan a conocer el rostro del perturbado protagonista, apareciendo de entre las sombras cual espectro. También los elementos arquitectónicos, fundamentales en obras como “Metrópolis”, están aquí presentes, en forma de encuadres de planos a través de puertas o de patios de escaleras que intensifican el dramatismo de determinadas escenas.
La reiteración de planos generales picados o el plano secuencia de la presentación del sindicato de mendigos forman parte igualmente de los alardes del dominio del lenguaje cinematográfico que poseía Fritz Lang. En otras ocasiones opta por la sencillez de las composiciones (un globo, una pelota rodando, …) para sugerir, en lugar de mostrar, haciendo del fuera de campo una herramienta útil en la definición de situaciones.

En lo que se refiere a las particulares obsesiones del director vienés, como el destino y el azar, éstas tienen también su protagonismo en esta película, igualando en su trato a víctimas y verdugo. Éste alegará en su defensa que se ve obligado a perpetrar sus horrendos crímenes, en parte a causa de una enfermedad, y en parte porque una fuerza invisible, llamada destino o azar, le pone en su camino a los niños. Lang niega todo atisbo de libertad a la voluntad tanto del “vampiro” como de los niños, y una simple melodía silbada será determinante en la trama de la película.


La gran aportación de “M, el vampiro de Düsseldorf”, es que recoge toda la tradición del lenguaje cinematográfico del expresionismo alemán y la transforma en un precedente del cine negro del que se rodaron algunas muestras en años venideros, pero que conocería su eclosión una década más tarde. Es sin duda el punto de partida de uno de los géneros cinematográficos por excelencia.

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