lunes, agosto 17, 2026

El crepúsculo de los dioses

 






El crepúsculo de los dioses” que Billy Wilder dirige en 1950 supone un hito importante en su carrera. Se trata del final de la colaboración profesional de más de una década con Charles Brackett, en la que “alumbraron” los guiones de 17 películas. Juntos escribieron historias para directores como Lubitsch, Mitchell Leisen o Howard Hawks, antes de que Wilder retomara el trabajo detrás de la cámara que inició en la Alemania de principios de los años 30. Todas las películas del director austríaco hasta este momento, excepto “Perdición” (era una película demasiado “negra” para un tipo fino y elegante como Brackett y Billy Wilder la coescribió con alguien más cercano al cine noir, Raymond Chandler), fueron escritas en estrecha colaboración por esta “extraña pareja” de guionistas. Pero toda historia tiene un final y el de este fructífero tándem llegó, paradójicamente, con una película de cine dentro de cine, en la que la escritura de un guión se convierte en uno de los hilos narrativos de la trama que tejen Wilder y Brackett.


La historia de ese guionista sin trabajo que se pone al servicio de una vieja estrella del cine mudo para retocar un guión imposible elaborado por la propia actriz, se configura como una tragedia griega no sólo en sus aspectos formales, como la estructura en tres actos, sino también en cuanto a su fondo, ese destino implacable que se desvela ya en las primeras secuencias de la película y que rige el comportamiento de todos los personajes.
Resulta curioso que, dentro de esa peculiar habilidad demostrada por los distribuidores de nuestro país para traducir los títulos de las películas extranjeras (el caso particular de las obras de Billy Wilder es significativo y ahí están “Double indemnity”, “Ace in the hole”, “Stalag 17”, “The fortune cookie” o “Some like it hot” para demostrarlo), “El crepúsculo de los dioses” no salió mal parada, puesto que, mientras el título original, “Sunset Boulevard”, hace referencia a la mítica calle de Los Angeles donde tenían su residencia las grandes estrellas de Hollywood, su traducción al castellano evoca esa tragedia griega que el dúo Wilder –Brackett escribieron con el Hollywood clásico como telón de fondo.
Además “El crepúsculo de los dioses” supone la madurez de Billy Wilder como director. Sin abandonar su faceta de creador de grandes diálogos, en “El crepúsculo de los dioses” se vuelca más en aspectos como la planificación de las escenas, especialmente en aquéllas que transcurren en la mansión de Norma Desmond, a la que, con la ayuda del director de fotografía, John F. Steitz, dota de vida propia. La cámara se mueve con elegancia por las estancias de la mansión, de manera que podemos intuir parte del glorioso pasado que allí se vivió. También juega en esta película con la profundidad de campo para alternar en un mismo plano distintas historias o personajes, e incluso se atreve con algún pequeño “zoom”.

En cualquier caso, para Wilder, que antes que director era escritor, el guión es intocable, y eso se refleja en la escena en la que Joe Gillis /William Holden pretende hacer modificaciones en el libreto que ha escrito Norma Desmond/Gloria Swanson, y ésta se lo impide. Aquí, como en otros momentos de la película, Billy Wilder toma partido por el personaje caricaturizado, por ese guiñol grotesco que es la vieja estrella del cine mudo. Y es que, a pesar de la crítica ácida y amarga a la fábrica de sueños del Hollywood clásico que destila la película, el director y guionista siente un cariño verdadero por sus personajes, perdedores y outsiders en esa América de los 50 que miraba con optimismo al futuro. En este sentido “El crepúsculo de los dioses” funciona también como una alegoría de la perversión del sueño americano: Joe Gillis consigue aquello que anhela a costa de perder primero su integridad y después, recuperando ésta, la propia vida.



Otra de las virtudes que adornan el cine de Billy Wilder es su sutileza, ese estilo cortante y seco: en dos escenas prácticamente consecutivas, la del cenicero y la de la compra de ropa, te das cuenta de que Joe Gillis se ha convertido en un gigoló, abandonando todo atisbo de dignidad.
Pero tanto la historia, como su puesta en escena, descansan en la gran interpretación de Gloria Swanson como Norma Desmond. Ella consigue que el espectador contemple la historia de esta estrella venida a menos con una mezcla de sentimientos, compasión, repulsión, ternura, hilaridad, etc., en la misma escena, y en cuestión de segundos. Junto a ella un William Holden conciso y comedido, contraponiendo su sobriedad al (acertado y oportuno) histrionismo del que hace gala Gloria Swanson. Holden había debutado en 1939, en el cine pero tras once años no había alcanzado el estatus de estrella que “El crepúsculo de los dioses” le reportó. A raíz del rodaje entabló una gran amistad con Billy Wilder con el que llegaría a protagonizar tres películas más: “Traidor en el infierno” (su único Oscar), “Sabrina” y “Fedora”.

Con múltiples referencias, homenajes y guiños al cine, ”El crepúsculo de los dioses” es una película esencial para todo aquél que quiera conocer como era el funcionamiento del “star system” de la época gloriosa de Hollywood, y su influencia se deja sentir en muchos cineastas posteriores.

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