lunes, agosto 17, 2026

Casablanca

 



"CASABLANCA" (1942)


Resulta difícil escribir sobre una película sobre la que se han escrito centenares de libros y artículos y que resulte novedoso o aporte algo de interés. Y esa dificultad se incrementa si la película en cuestión forma parte de uno de esos momentos mágicos, casi míticos, de nuestra vida, que atesoramos en un cofre junto con otros recuerdos de nuestra infancia o adolescencia, como es mi caso particular. “Casablanca” es esa película que representa todo lo que los aficionados al cine anhelamos encontrar cada vez que damos con los huesos en una butaca ante una pantalla: una historia con los rostros de nuestros actores favoritos que nos atrape, que nos haga olvidar que ahí afuera ha aparecido un nuevo caso de corrupción política, que las cifras del paro suben y los sueldos bajan o sencillamente que están cayendo cuarenta grados a la sombra; una historia que nos conmueva, que nos entretenga, que nos haga sentir que estamos vivos aunque en realidad vivamos la vida de otras personas; una historia en la que realidad y la ficción se van juntas bajo una fina capa de niebla mientras suena La Marsellesa, (“Louis, presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad”)

Cuando eso ocurre empiezas por aprenderte los diálogos. Primero los “facilitos”, y en castellano, por supuesto. Pero luego decides que en tu afán por parecerte a Bogart, en algún momento tendrás que “soltar” esos diálogos en inglés, y si es posible, con esa voz que más que pronunciar las palabras parece que las escupa, o mejor, las dispara con un Smith&Wesson del 38. Y entonces descubres que no eres muy original, que miles de cinéfilos de todo el mundo han soñado ser alguna vez Rick y decirle a Ilsa que la quieres mientras la dejas marchar con el estúpido de su marido (“Ve con él, Ilsa. Eres parte de su vida. Eres su obra”)  mientras esperas a que se presente el Mayor Strasser sintiendo el frío de tu automática en el bolsillo de la gabardina. Hasta un genio creador como Woody Allen se ha sentido fascinado en más de una ocasión por esas líneas de diálogo y ha hecho que una de sus criaturas las recitara sobre el reflejo de la escena final de la película en sus gafas, como ocurría con el personaje del crítico cinematográfico Allan Felix en “Sueños de un seductor”. Finalmente, igual que le sucedía a éste, te das cuenta de que nunca serás como Rick. No vivirás un romance apasionado en medio de una guerra mundial, no renunciarás a la mujer de tus sueños por causas o ideas más nobles, y ni siquiera tendrás la oportunidad de vestir un smoking blanco. Pero siempre te quedará “Casablanca”.

Porque cuando hablamos de “Casablanca”, no nos referimos simplemente a una película. No es una más, ni siquiera una de las mejores. Es LA PELÍCULA. Es posible que no figure nunca en las listas que elaboran sesudos críticos y estudiosos del cine para “decidir” cuáles son los mejores films de la historia del cine, pero “Casablanca” goza de todos los elementos para ser la favorita de muchas personas, anónimos aficionados al cine. 
No la dirigió uno de los grandes del cine, uno de esos tres o cuatro que a todo el mundo se le viene a la mente, sino que fue la obra maestra de un artesano que emigrado desde Hungría, llegó al Hollywood dorado para filmar películas que gozaban del éxito popular. Michael Curtiz tocó todos los géneros y en todos los casos lo hizo de manera eficaz y solvente. Conocía los gustos del público y sabía transformar cualquier guión en una historia atractiva. Quizás no era un autor porque no tenía una forma de narrar propia y característica, o porque no estaba obsesionado con contar siempre la misma historia, pero a lo largo de sus más de 167 películas en 50 años de carrera dio a varias generaciones de espectadores lo que éstos demandaban cuando realizaban el pequeño gesto de pagar con unas monedas dos horas de entretenimiento.
Tampoco “Casablanca” está protagonizada por un Marlon Brando o Lawrence Olivier, actores dotados de técnica y recursos interpretativos extraordinarios, sino por Humphrey Bogart, alguien a quien probablemente no podamos imaginar interpretando a Shakespeare, como hicieron los dos mencionados, pero que, con un “Stetson”  de medio lado, un cigarrillo humeante en los labios, y la mano empuñando una automática, te hacía soñar. No era Bogart una estrella cuando rodó “Casablanca”. Su trayectoria profesional durante los años 30 había sido muy similar a la de otros secundarios, especializándose en papeles de gangster y haciendo pequeñas apariciones junto a estrellas consagradas, como Bette Davis en “Amarga victoria”. Pero empezaba a salir de ese encasillamiento gracias a interpretaciones como las de “El halcón maltés” o “El último refugio” y aspiraba a otro status. El estreno de “Casablanca” consolidó su posición como actor protagonista. Junto a él, Ingrid Bergman lució su belleza como nunca (con la excepción quizás de “Las campanas de Santa María”). Sus apariciones en el Café de Rick (“Ella va a venir… yo sé que va a venir”) son espectaculares, puede que poco creíbles (el suyo no es el vestuario más adecuado para una refugiada política en una ciudad del norte de Africa), pero consiguen captar toda nuestra atención. Cada vez que Ilsa aparece en pantalla la historia de amor salta a un primer plano y las intrigas políticas devienen en cuestiones secundarias. Completa el trío protagonista un Paul Henreid impuesto por Michael Curtiz, que aporta el carácter honesto, íntegro y serio (léase “aburrido”) que se le supone a un líder de la Resistencia.

Pero, sin duda alguna, tan importantes como los intérpretes principales en el éxito de “Casablanca” son los secundarios que desfilan por la pantalla. Un catálogo de geniales actores venidos de todos los lugares del mundo, exiliados en Hollywood y que aportan a la película un aire de autenticidad y una sensación de estar asistiendo a una representación de la comedia de la vida: desde el Capitán Renault, en una maravillosa composición de Claude Rains, al traficante de visados Ugarte interpretado por Peter Lorre, pasando por el mayor Strasser (Conrad Veidt), Ferrari (Sidney Greenstreet) y con mención especial para Sam, el pianista negro (“Si ella la resistió yo también, tócala”), interpretado por Dooley Wilson que, curiosamente, no sabía tocar el piano lo suyo era la batería …
Y llegamos al guión. Ésta es una de las cuestiones-estrella en cualquier análisis de “Casablanca”. Siendo evidente que una de las claves del éxito de la película radica en ese guión, que oscila entre lo romántico y lo propagandístico, entre el melodrama, el thriller y la peli de aventuras exóticas, entre momentos más dramáticos y otros más ligeros (“¿Es un cañonazo o el corazón que me late? … Es el nuevo cañón 77. Debe de estar a unos 50 kms.”) y todo ello en un perfecto equilibrio, el debate gira en torno a la autoría de los distintos elementos del guión. Pero dejemos esa cuestión a esos estudiosos del cine que investigan si una determinada frase la escribió Howard Koch o si la escena final salió de las cabezas de los hermanos Epstein, primeros gemelos en ganar un Óscar o si el guionista oficial de la Warner, Casey Robinson, aportó más romance y humor del que aparecía en los primeros borradores.
Y es que, si por alguna razón podemos considerar modélico el guión de “Casablanca”, no es por su proceso creativo, un auténtico caos, sino más bien por su resultado final. En efecto, empezar a rodar sin estar terminado el guión (“-¿Puedo contarte una historia? -¿Tiene un final feliz? -Aún no sé qué final tendrá -Tal vez se te ocurra mientras la vas contando”) o que éste sufra modificaciones durante el rodaje es más habitual de lo que imaginamos, pero esta circunstancia no tiene porqué influir en lo que vemos en la pantalla. Esa perfecta combinación de elementos románticos, políticos, de thriller, de aventura, etc. también le debe mucho a Michael Curtiz, que aprovechando el desbarajuste creado por la ausencia de un guión definitivo, se dedicaba a eliminar por su cuenta y riesgo páginas enteras del mismo.
Como espectadores lo que nos interesa es disfrutar de la película y de sus diálogos, ocurrentes y con doble sentido (“Ya no lucho por otra causa más que por la mía propia. La mía es la única que me interesa ahora”), chispeantes igual que esas copas de champán que beben los protagonistas  como si no hubiera un mañana (“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”), extremadamente románticos (“-Si una mujer le amase, le amase mucho, tanto que no pensase en otra cosa más que en hacerle feliz, y si para ello hiciera algo malo, ¿podría usted perdonarla? - Nadie me ha amado nunca de ese modo”). Probablemente “Casablanca” es la película de la historia del cine cuyas frases han sido más citadas, a veces incluso erróneamente (“¡Tócala otra vez, Sam!”).


La película que en 1942 se concibió como una alegoría política disfrazada de romance y aventuras, más de setenta años después representa, para muchas generaciones de espectadores que año a año la descubren, lo que tiene el cine de magia y de milagro, de la materia con la que están hechos los sueños.

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