"La vida privada de Sherlock Holmes" es un caso realmente atípico en la filmografía de Billy Wilder por dos motivos. El primero se refiere a la historia en sí. A priori no parecía un tema de los que pudieran interesar al genial director austríaco, que siempre se había mostrado como un cronista mordaz, ácido y certero del hombre de su tiempo. Ambientada en el siglo XIX y protagonizada por un personaje literario que se caracteriza por su brillante mente analítica y su método científico-deductivo, alejado de cualquier pasión humana o del más leve indicio de manifestación sentimental, tenía todo el aspecto de ser tan interesante para Wilder como la epopeya de un joven granjero, sus dos robots, un viejo ermitaño y un contrabandista al rescate de una princesa en una lejana galaxia. Sin embargo las aventuras del detective británico eran una de las lecturas favoritas de Billy Wilder, y sentía un gran cariño por el personaje. De ahí los 7 años que dedicó junto a I.A.L. Diamond a elaborar el guión de esta película. Aunque a primera vista pueda parecer lo contrario, “La vida privada de Sherlock Holmes” es muy respetuosa con el personaje literario, pudiendo ser esa una de las causas del fracaso crítico y de público con que fue recibida la película en el momento de su estreno. Rodar esta película en 1970, después de una década tan convulsa como la de los años 60, es nadar a contracorriente, y en cierta medida un anacronismo para el que no estaban preparados los seguidores de Billy Wilder.
El segundo motivo es la mutilación tan terrible de la que fue objeto esta película. Envuelta en un cierto halo de rumores y mitos (muchos de ellos provocados por el propio Wilder) la historia nos cuenta que, contraviniendo uno de sus Diez Mandamientos para hacer cine, “Tendrás siempre derecho al montaje final”, al terminar el rodaje de “La vida privada de Sherlock Holmes” se marchó a preparar la preproducción de la que sería su siguiente cinta, “Avanti!”, dejando las labores de montaje en manos de Ernest Walter. A la vuelta se encontró con que la película que tenía en su cabeza con una duración de tres horas se había reducido en un tercio de ese metraje. La idea inicial de Billy Wilder era la de un relato estructurado en episodios, configurados a partir de casos en los que se vieran involucrados Holmes y Watson. Pero la Mirisch, compañía productora del film, alarmada por recientes fracasos de grandes producciones, consideró necesario “aligerar” la historia, eliminando de ese montaje final, además de unas escenas que funcionaban como prólogo y epílogo, dos de esas aventuras del genial detective.
La película se resiente de esos cortes, y así el intento de Wilder de profundizar en la compleja personalidad de Holmes apoyándose en algunas historias como la de un desengaño amoroso del héroe creado por Sir Arthur Conan Doyle en sus tiempos de estudiante en Oxford, deviene en un relato a veces inconexo, y en el que las escenas cómicas, los momentos dramáticos y los pasajes románticos y melancólicos no están engarzados entre sí con la habilidad que demuestra Billy Wilder en el resto de su obra.
Con todo, no es difícil rastrear en “La vida privada de Sherlock Holmes” rasgos característicos del director austríaco, especialmente en lo que se refiere a esos diálogos incisivos, rápidos, cargados de ironía y sentido del humor. Una de las escenas más celebradas de la película, aquélla en la que los servicios de Holmes, no exactamente como detective, son requeridos por una bailarina rusa, nos recuerda el mítico final de “Con faldas y a lo loco”, y no sólo por esa forma de dialogar, basándose en el contraste de preguntas acosadoras del representante de la artista y excusas a modo de respuestas, sino también por el trasfondo de una identidad sexual dudosa, tema por otro lado recurrente en Wilder.
Igualmente se puede apreciar su ingenio en la labor desmitificadora que lleva a cabo con personajes reales y ficticios. Entre estos últimos el caso más evidente es el del propio Holmes, a quien se suele ver a través de los ojos del doctor Watson. Por eso cuando Billy Wilder se burla del comportamiento del buen doctor, en ocasiones cercano a lo bufonesco, la figura de Holmes consecuentemente pierde ese aura de detective recto e infalible y se torna más humano. Y entre los personajes reales a los que Wilder “baja” de su pedestal el más evidente es el de la Reina Victoria, que queda retratada como una mujer más preocupada por la literatura popular (los casos que publicaba el Strand Magazine del propio Holmes) que por los avances científicos, burlándose de paso del presunto honor británico en las contiendas bélicas.Esa habilidad de Billy Wilder para diseccionar con precisión de cirujano las miserias de la sociedad de su tiempo tiene reflejo también en el paralelismo que establece de manera sutil entre el Club Diógenes y la CIA. En palabras de Holmes siempre hay un miembro del club de caballeros al que pertenece su hermano Mycroft en alguna de las zonas conflictivas en las que el Imperio Británico intervenía en el siglo XIX.
Los actores que interpretan al cuarteto protagonista están perfectos, especialmente Robert Stephens que compone un Holmes inspirado, por consejo de Wilder, en el Hamlet shakesperiano. No deja de ser curiososo a este respecto que Stanley Halloway, el inolvidable Alfred Doolittle de “My fair Lady”, encarne en “La vida privada de Sherlock Holmes” a un sepulturero como ya lo había hecho en el “Hamlet” de Olivier de 1948. El Holmes de Stephens y Wilder tiene mucho que ver con la compleja personalidad del director: inteligente, mordaz, cínico, a ratos melancólico y a ratos misántropo. Pero no sólo eso tiene en común el personaje de Conan Doyle con Billy Wilder: Ambos trabajaban en estrecha colaboración con un hombre, Watson en el caso del primero y Brackett o I.A.L. Diamond en el segundo.
Otro de los elementos que hace de “La vida privada de Sherlock Holmes” una película de visión obligada es la música de Miklós Rózsa que, con el obligado protagonismo del violín, compuso una banda sonora que da el tono adecuado a cada escena, oscilando entre la melancolía, el romanticismo y el suspense, y que, como la propia película, navega a contracorriente de las tendencias de la música de cine que se componía en los años 70. Supuso además el reencuentro profesional de Billy Wilder y Miklós Rozsa después de 25 años, cuando escribió la música para “Días sin huella”.No menos importantes que la banda sonora de Rózsa son los trabajos de dirección artística de Tony Inglish y diseño de producción de Alexandre Trauner que evocan perfectamente el Londres victoriano y que traducen en imágenes el universo de Doyle. Los devotos del personaje literario pueden disfrutar de una recreación de las célebres habitaciones del 221 B de Baker Street extraordinariamente fiel a las descripciones del canon holmesiano.
Por último una recomendación. Aunque en la versión en castellano Constantino Romero realiza un magnífico doblaje, aportando distinción al personaje de Sherlock Holmes, las voces originales de los actores provenientes todos ellos del teatro inglés permiten apreciar los matices interpretativos, poniendo en su sitio a cada uno de los protagonistas.


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